Editorial

17 de agosto

La tierra, el agua y las Malvinas son Argentinas: San Martín, también

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En el preciso instante en que San Martín pisó por última vez la Patria, la tierra era hipotecada y puesta como garantía de la deuda contraída con los ingleses. El paralelismo entre el endeudamiento de Rivadavia y el exilio de San Martín es tan asombroso como actual y merece ser recordado como el acta de nacimiento del Partido de la Deuda y el Partido de la Proscripción, que son en esencia el mismo partido.

por La Cámpora
17 ago 2026

En enero de 1817, José de San Martín salió de Mendoza al frente del Ejército de los Andes con el propósito de romper las cadenas que todavía sujetaban a los pueblos americanos al yugo español. Cuando regresó, casi siete años más tarde, en diciembre de 1823, el país se hallaba completamente cambiado y los hombres que gobernaban Buenos Aires decidieron darle la espalda.

Para empezar, San Martín se encontró con que las tierras cuya disponibilidad había asegurado con el sacrificio de sus soldados se habían convertido en activos financieros de enorme valor. Desde 1822 Bernardino Rivadavia venía pergeñando la toma de un empréstito con la Baring Brothers y se ocupó de inmovilizar toda la tierra pública con el fin de poder acceder al crédito. Éste se concretó el 1 de julio de 1824. Apenas unos meses antes, San Martín abandonaba para siempre el suelo argentino.

El paralelismo entre el endeudamiento de Rivadavia -que pesó durante ochenta años sobre los hombros del país- y el exilio del general San Martín es tan asombroso como actual y merece ser recordado como el acta de nacimiento del Partido de la Deuda y el Partido de la Proscripción, que son en esencia el mismo partido.

En 1828, Bernardo O’ Higgins le preguntaba por medio de una carta a su compañero de gesta: “¿Qué ciudadano animoso y magnánimo querrá ejercer su benevolencia en servir a la Patria, cuando en nuestro ejemplo temerá, con razón, que el pago de su generosidad sea la misma negra ingratitud e implacable odio?”. Los hostigamientos, las ofensas y las presiones que recibió San Martín por parte de los unitarios están suficientemente documentadas en su Correspondencia. Nuestro máximo prócer tuvo que irse del país que eligió venir a liberar para no manchar su espada con la sangre de sus hermanos. “¿Será posible sea yo el escogido para ser el verdugo de mis conciudadanos, y, cual otro Sila, cubra mi patria de proscripciones?”. Ya desde aquel entonces las clases dominantes pretendían que sólo pudiera ser militar quien estuviese dispuesto a usar las armas en contra de sus propios compatriotas.

En el preciso instante en que San Martín pisó por última vez la Patria, la tierra era hipotecada y puesta como garantía de la deuda contraída con los ingleses. Todavía no se había organizado el país, todavía no regía una Constitución, pero ya no estaba en nuestras manos decidir de forma soberana qué hacer con nuestro inmenso suelo. ¿Cómo poblarlo? ¿Cómo distribuirlo? ¿Qué cultivar? Hace 200 años, el presidente Rivadavia hizo sancionar la Ley de Enfiteusis. Como la tierra no podía venderse debido a la misma deuda que Rivadavia tomó, se dispuso un régimen por medio del cual el Estado conservaba la propiedad de la tierra pero concedía a los particulares su uso y explotación durante un plazo muy largo, a cambio de un canon. Esta política, que en Buenos Aires se implementaba desde 1822 -es decir, desde que comenzó a buscarse el empréstito-, se quería emplear para todo el país.

Pese a los objetivos que declaró, el régimen de enfiteusis no sirvió para poblar la Argentina, ni incrementar la producción, ni modernizar la agricultura. Tampoco para que el Estado pudiera recaudar grandes rentas durante la guerra con Brasil. En realidad, como no fijaba ningún límite a la cantidad de tierra que podía obtener en concesión cada enfiteuta, lo que terminó sucediendo fue que un grupo selecto de personas con el suficiente capital, información y relaciones políticas logró acaparar enormes extensiones.

El desguace de las capacidades estatales por la guerra y por la deuda hizo imposible cobrar los cánones que tasaban los jurados compuestos por propietarios de la zona. Así operaban los Benegas Lynch de aquella época. Pero, además, muchas de las tierras llegaron a servir más como reserva especulativa de valor que para producir alimentos. En resumen, sin límites de extensión, sin obligación de poblar y con libre transmisión del derecho sobre la tierra, la enfiteusis fue la antesala del latifundio. Cincuenta años más tarde, tal seguía siendo el azote de la deuda sobre las finanzas del país que Juan Bautista Alberdi propuso cancelar nuestros compromisos con los acreedores entregándoles las tierras públicas que se mantenían improductivas, como Patricia Bullrich planteó intercambiar por vacunas nuestras islas Malvinas, usurpadas por Inglaterra desde 1833.

A 200 años de la fallida presidencia de Rivadavia, Javier Milei, representante de los grandes magnates extranjeros, también intentó avanzar con el remate de nuestras tierras, para satisfacer a sus amos del Fondo Monetario Internacional, interesados en nuestro gas, nuestro petróleo, nuestros minerales y nuestra agua. Para desgracia de los Lewis, Benetton y Peter Thiels del mundo, el pueblo argentino se movilizó en todo el país con auténtico espíritu sanmartiniano y logró frenar la extranjerización de la tierra argentina, porque la Patria no se vende.

Ninguna de estas políticas de entrega y sometimiento sería siquiera imaginable de no estar Cristina presa y proscripta por determinación del poder económico y la mafia judicial a su servicio. Ayer fue San Martín el que luego de haber conquistado la independencia política de la Argentina y medio continente se tuvo que marchar ante la demonización orquestada por el periodismo de guerra rentado con los enormes recursos de la aduana de Buenos Aires o con el oro extranjero. Pero San Martín continuó atento a los destinos de su país y en agradecimiento por haber defendido la soberanía nacional frente al bloqueo anglo-francés, le legó su sable a Juan Manuel de Rosas. Ya en 1838 manifestaba El Libertador que “lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su Patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.

Sin embargo, siguieron habiendo felonías y humillaciones, porque siguieron habiendo proscripciones. Después de San Martín fue Rosas, luego Hipólito Yrigoyen, más tarde Juan Domingo Perón, ahora Cristina. Cristina está proscripta porque así como San Martín no quiso convertirse en verdugo de sus compatriotas, ella decidió no ser jamás mascota del poder. Y es por esa decisión que miles y miles militamos y que millones de argentinos y argentinas creemos aún que este país se puede cambiar, que no todo se compra y se vende y que la disyuntiva en la que nos pone la historia es la de toda la vida: Patria o colonia, liberación o dependencia. Por esa Argentina grande con la que San Martín soñó.