Hace 15 años, Cristina Fernández de Kirchner, primera y única mujer en ser electa presidenta de nuestro país, era reelecta con el 54% de los votos, un porcentaje solo superado en la historia argentina por Yrigoyen en 1928 y por Perón en 1951 y 1973.
Esa montaña de votos es todavía más impresionante si ponemos sobre la balanza las dificultades que había enfrentado su primer gobierno: el durísimo conflicto con las patronales agropecuarias en 2008 con el voto “no positivo” de su vicepresidente, el clima destituyente impulsado por los grandes poderes económicos, la crisis económica mundial luego del estallido de la burbuja de las hipotecas en Estados Unidos, los ataques del Grupo Clarín para salvaguardar su monopolio mediático frente a la democratización impulsada por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, la derrota electoral en la Provincia de Buenos Aires en las legislativas del 2009, un Congreso opositor que nos dejó sin presupuesto y la muerte de su compañero de toda la vida, Néstor Kirchner, el presidente que nos sacó del infierno.
No fue viento de cola lo que trajo el 54%; a Cristina no le tocó ni una brisa.
Por el contrario, fueron las decisiones políticas tanto de ella como de Néstor—el NO AL ALCA, el pago al FMI, la estatización de las AFJP— guiadas por la inquebrantable voluntad de defender a los argentinos y argentinas frente al vendaval que sacudía al mundo y del que pocos se han repuesto. Cristina nunca dudó en “agarrar la lapicera”, nunca le tembló el pulso. Esa vocación y ese coraje fueron lo que reconoció la mayoría del pueblo.
El Bicentenario inolvidable, momento de máxima felicidad del pueblo y grandeza de la Nación en este siglo, no fue producto de la conciliación ni el amague a las grandes discusiones políticas. Por el contrario, entre la 125 y el clímax de unidad nacional del 25 de mayo de 2010 solo hay 24 meses de distancia. El camino a la unidad nacional siempre requiere atravesar luchas, tensiones y conflictos. Volver a la Argentina del Bicentenario, con millones de personas celebrando en la calle y los presidentes latinoamericanos caminando sin custodia entre la multitud, nos recuerda que si esa Argentina fue posible entonces, lo sigue siendo hoy.
Hoy se cumplen 15 años desde que Cristina arrasó las urnas el 23 de octubre de 2011 con un 54% que ni los más optimistas vaticinaban. De paso, amerita señalar que cada vez que Cristina integró una boleta presidencial, el peronismo ganó las elecciones. En lugar de imitar a Cristina, dirigentes políticos, periodistas, empresarios, incluso sindicalistas, se dedicaron a instalar que había que dar vuelta la página, dialogar más y amigarse con los mercados; olvidándose de la gente. Desde 2015, nuestro país no deja de caer en un tobogán sin arenero a la vista y parece que nada puede hacerse que no cuente con la aprobación de los que brindan en la embajada los 4 de julio.
Lo que debemos revisar no es la supuesta falta de autocrítica sobre el segundo gobierno de Cristina, sino el mea culpa que se le exige al peronismo para contentar al poder económico. Que pidamos perdón por el kirchnerismo y permiso para volver a gobernar. Cuánto más malos supuestamente fuimos, más altos eran los salarios y las jubilaciones. Cuando las cadenas nacionales “no se aguantaban”, las familias argentinas vivían felices y desendeudadas. Por el contrario, cuando gobernaron los “dialoguistas”, el país se volvió cómodo para los dirigentes e incómodo para la gente; y terminamos en Milei.
Proponemos modificar el balance. En lugar de autocrítica, autoestima. En lugar de proscripción, reivindicación. Negar a Cristina sólo ha dejado como ganadores a Macri, Magnetto y el Fondo Monetario Internacional, mientras el país y las familias argentinas se hunden en las deudas y tres trabajos no alcanzan para llegar a fin de mes. Quizá sea hora de ir concluyendo que no hay número que cierre si la gente queda afuera, ni macroeconomía que se sostenga si millones de compatriotas se caen del sistema y tienen que andar con una calculadora en la cabeza en modo supervivencia.
Acaso también al peronismo le hubiese ido mejor escuchando más a Cristina.
Esa noche del 23 de octubre, desde el Hotel Intercontinental, con los resultados ya anunciados dijo ante las cámaras:
“Siempre pensaban que no se podía luchar contra determinadas cosas preestablecidas en la Argentina, que había que pedirles permiso a algunos para ver qué se podía decir y entonces lograr cinco minutos más de pantalla o cuatro líneas más en un periódico. Y yo creo que lo importante es lograr un lugar en el corazón de nuestro pueblo; creo que lo importante es saber leer los ojos de los millones de argentinos. Muchas veces los dirigentes se desesperan leyendo los diarios y mirando televisión. Yo les pido que miren más los ojos de los argentinos, que recorran el país de punta a punta y vean. Ahí van a comprender que todavía nos faltan muchas cosas, pero si alguien conoció la Argentina antes de 2003, van a poder ver cuánto que hemos avanzado pese a todo lo que todavía nos falta. Tengan confianza en ustedes mismos, tengan confianza en sus ideas, esto no es cuestión de imagen, esto es cuestión de fe, es cuestión de convicción, es cuestión de pensar que uno está haciendo lo mejor y no desfallecer ni aún cuando pareciera que todo está perdido. Es más, cuando todo está perdido, es el mejor momento para luchar más que nunca por lo que uno cree, por su patria, por el país, por las ideas”.
Actuar con convicción, responsabilidad y firmeza, sin dejarse condicionar por lo que digan los medios, las redes o las encuestas, sin dejarse chantajear por la extorsión de “los mercados”, tiene que ser el ejemplo que todos y todas sigamos. Cuando Cristina decidió recuperar YPF, plantarse ante los fondos buitre o avanzar con la democratización del Poder Judicial a través de un paquete de leyes, sabía perfectamente las consecuencias que traería, pero más le importaban las necesidades del país. Hoy YPF es de los argentinos y las argentinas y gracias a esa medida estratégica quienes en 2012 se oponían a la nacionalización se jactan en 2026 del auspicioso potencial de Vaca Muerta, que ya es una realidad.
En cambio, cuando no se continuaron las acciones de Cristina, ella pagó con el cuerpo y el pueblo quedó condenado. Macri le entregó a los buitres lo que exigían y nos llevó a un nuevo ciclo de deuda, hasta abandonarnos en las garras del Fondo Monetario Internacional, de las que Milei nos tiene bien agarrados. Macri y Milei, en vez de avanzar con la reforma democrática de la Justicia, se abrazaron con el Partido Judicial y lo transformaron en un instrumento de persecución política contra Cristina y el kirchnerismo, y de impunidad para los grandes negociados macristas. No hay poder del Estado peor valorado por la sociedad que el judicial, la Corte actualizó la doctrina del gobierno de facto y los tiempos procesales son muy distintos para los ricos que para los pobres. No, el problema no era Cristina, ni su supuesta falta de institucionalidad.
En el cierre de campaña que se hizo en el Teatro Coliseo el 19 de octubre de 2011, Cristina planteaba que “quienes más tenían en este país –no me refiero a la actualidad, me refiero a la historia de la Argentina- no supieron en estos 200 años formular un proyecto de país en el cual todos se sintieran incluidos, todos se sintieran parte, si hubieran tenido la fuerza, la decisión y la convicción de tirar para el mismo lado. Este es el gran desafío que tenemos los argentinos en este tercer centenario que empezamos (...) Yo les pido a todos, entonces, que tengamos esa inmensa grandeza porque tenemos una oportunidad histórica los argentinos”.
Los poderes fácticos de la Argentina, como sabemos, no respondieron con grandeza a ese llamado sino de la peor manera posible. Pero Cristina se había anticipado a tal posibilidad la misma noche del 23 de octubre de 2011, cuando en el mensaje que le dirigió a los miles de argentinos y argentinas que se acercaron a la Plaza de Mayo a festejar el triunfo, sostuvo:
“Les pido a todos que dejando de lado vanidades personales o pequeñas diferencias, se organicen profundamente en todo el territorio de la República Argentina, en los frentes sociales, en los frentes estudiantiles, porque es necesario reconstruir el entramado social y político a lo largo y a lo ancho del país, para defender a la Patria, para defender los intereses de los más vulnerables y fundamentalmente para que nadie pueda arrebatarles lo que hemos conseguido y el futuro de todos ustedes (...) hagamos el aprendizaje para que no nos dividan ni nos separen, luchemos fuertemente por la unidad de todos los argentinos, porque de nuestro lado está la bandera de la Patria, está la historia y fundamentalmente las convicciones de un pueblo que ha decidido ser protagonista de la historia”.
En vez de dormir en los laureles del 54%, esa noche Cristina nos mandó a organizarnos. Sabía que las conquistas del pueblo siempre son frágiles, que ninguna victoria es definitiva, y que vendrían tiempos difíciles. 15 años después, las palabras de Cristina brillan aún más y conservan la fuerza de un programa político: la unidad de la gente es superior a la unidad de los dirigentes y sin organización no será posible hacerles entender a quienes se creen dueños de Argentina que el país que queremos y necesitamos es de trabajo, inclusión, dignidad y soberanía, no de timba, no de persecución, no de minorías privilegiadas y de mayorías endeudadas.
Hoy Cristina se encuentra presa y proscripta, pero no la han podido quebrar ni convertirla en su mascota. Desde el balcón de San José 1111 ilumina otro país posible, jugándose entera por los demás. En su convicción de hoy, que es la misma de hace 15 años, está la condición de posibilidad de volver a tener el país que supimos tener, del que los poderosos nos quieren hacer arrepentir y olvidar. Pero imitando el ejemplo de Cristina no nos arrepentimos, no olvidamos ni tampoco nos quebramos. Por el contrario, seguimos respondiendo a su llamado de aquella noche y nos seguimos organizando, convocando a más y más compañeros y compañeras a sumarse. Y vamos caminando, sin miedo a la proscripción, con nuestra bandera de CRISTINA PRESIDENTA. Nos dicen que militamos lo imposible; les recordamos que lo posible hace rato se agotó. Parafraseando a Evita, cuando el pueblo era feliz y la Patria grande, militar a Cristina era un derecho; hoy que el pueblo sufre y la Patria cruje, militar a Cristina es un deber.