“De nada valen los trigales; de nada valen los maizales y las riquezas de nuestra tierra si no han de ser nuestras, si no la hemos de explotar nosotros y si no hemos de ganar con ello el orgullo de decir que defendemos, más que nada, más que la riqueza material, nuestra dignidad de argentinos”.
Juan Domingo Perón.
El General Perón nació en una Argentina donde la tierra era considerada un activo financiero. Las campañas militares contra los pueblos originarios, en especial la llamada “Conquista del Desierto”, habían creado una gigantesca masa de tierras fiscales y durante aquellos años el Estado otorgó a un reducido número de familias millones de hectáreas mediante concesiones y leyes de colonización. Entre 1876 y 1903 se vendieron o repartieron casi 42 millones de hectáreas a unos 1.800 terratenientes. La familia Martínez de Hoz, por ejemplo, llegó a tener 2,5 millones de hectáreas. Pero muchas concesiones no fueron acompañadas por la colonización que supuestamente las justificaba. En su lugar, la tierra comenzó a ser utilizada como objeto de especulación y como garantía del crédito. Porque los gobiernos de entonces también invitaron a los capitales extranjeros a una obscena fiesta de especulación financiera.
Los grandes estancieros que adquirían tierras fiscales a bajo precio las hipotecaban para obtener crédito externo (como el de la Baring Brothers), comprar nuevas tierras y especular con su valorización, pero la burbuja estalló con la crisis de 1890. La Ley de Liquidación de 1891 les permitió conservar grandes extensiones mediante la regularización de sus títulos y mientras millones de inmigrantes llegaban al país buscando tierra y trabajo-pero buena parte terminaban hacinados en las ciudades-, la propiedad rural se concentró entre las principales familias terratenientes y sociedades extranjeras, y la renta agraria quedó integrada a una economía cuyos principales circuitos-crédito, ferrocarriles, frigoríficos y comercio exterior- estaban dominados por el capital inglés.
Todo ese orden de profundas injusticias colapsó con la crisis mundial de 1929. La Década Infame que le siguió puede resumirse como el intento de los gobiernos fraudulentos y proscriptivos por salvar la renta oligárquica y los negocios con el Imperio Británico, aún si eso significaba mancillar con pactos espurios el honor y pabellón nacional.
En respuesta a ese país para pocos nació el peronismo.
Como mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar, Perón impulsó la prórroga y regularización de los arrendamientos rurales, dándole a los chacareros un marco de protección frente a los desalojos y los abusos patronales (un reclamo histórico, que venía desde el Grito de Alcorta); sancionó el estatuto del peón rural; aceleró la política de colonización agrícola y el acceso a la propiedad, mediante una reforma agraria gradual y planificada que tendió a debilitar el latifundio; fijó criterios sumamente estrictos para las transferencias y arrendamientos de inmuebles en zonas fronterizas y estratégicas; estableció que las tierras fiscales debían destinarse a “los auténticos trabajadores del campo”, mientras que las sociedades anónimas y otras entidades con fines de lucro dejaron de poder ser concesionarias de tierras del Estado; y todo esto, por supuesto, quedó sintetizado en la Constitución de 1949, que consagró la función social de la propiedad.
Bajo el peronismo, en definitiva, la renta agraria que hasta entonces había sido usufructuada por la oligarquía y el imperialismo fue debidamente argentinizada, gracias a instrumentos como el IAPI, el Banco de Crédito Industrial y las grandes nacionalizaciones, desde los ferrocarriles, la flota mercante y los puertos hasta los seguros, reaseguros y depósitos bancarios. "La República Argentina es propiedad inalienable de los argentinos. Ya no será posible la entrega de los bienes nacionales a ninguna fuerza extraña a los intereses del país, decía Perón.
En la misma línea, durante las presidencias de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner el Estado volvió a poner límites a la extranjerización y a recuperar capacidad de decisión sobre la renta y los recursos estratégicos. En 2011 se sancionó la Ley de Tierras Rurales, que estableció un límite del 15% a la propiedad extranjera, fijó restricciones especiales en zonas de frontera y sobre grandes cuerpos de agua, y creó un registro nacional para identificar a sus propietarios. También recuperamos la soberanía sobre nuestros hidrocarburos y el control de YPF, se estatizaron los fondos previsionales y se sostuvo una política de retenciones y regulación del comercio exterior que permitió que una parte sustantiva de la renta extraordinaria generada por el complejo agroexportador permaneciera en el país. Gracias a ese modelo virtuoso tuvimos hacia el final del segundo mandato de Cristina los mejores salarios y jubilaciones de América Latina.
Por esa razón se ganó el odio de los poderosos. Por esa razón la tienen secuestrada y proscripta.
Ochenta años después de la asunción de Perón, en un contexto donde la Corte Suprema autoriza a los magnates extranjeros a comprar tierras de forma ilimitada y donde el gobierno pone en venta la ciudadanía argentina por un puñado de dólares, además de rematar nuestros bienes naturales con el RIGI, someternos al Fondo Monetario y ajustar hasta el último aliento a nuestra gente, recordar a Perón es levantar las banderas de la independencia y la soberanía, sin las cuales es imposible construir la justicia social.
Contra la demagogia punitivista de Milei, que trata a los migrantes que vienen a trabajar como “prototerroristas” a ser deportados, decimos con Perón que “para el corazón argentino, en nuestra tierra, nadie es extranjero si viene animado del deseo de sentirse hermano nuestro”. Contra el cipayismo de Milei, que quiere ser más amado en Washington que en Argentina y sacrifica nuestras tierras y la felicidad del pueblo en el altar de la especulación de los hombres más ricos del mundo, elegimos hoy y siempre la doctrina del General:
“Las patrias son ricas y grandes solamente en base a la felicidad de sus hijos. No luchamos ni lucharemos jamás por el bien de cuatro o cinco privilegiados, sino para conseguir un mejoramiento para la totalidad de los habitantes del país”.
A 131 años del nacimiento del General Perón, defendemos las tierras argentinas y rechazamos la extranjerización que quieren llevar adelante Milei y la Corte Suprema. Los mismos que proscriben a Cristina y al peronismo, son quienes quieren llevarse puesta una ley de su gobierno que nos protege de la pérdida de soberanía. El 15 de octubre, todos y todas al Congreso.