Política

La doble vara de la historia

Destinos corvos

CED53WNWRFA7NPCXKSOI2DSSQA

El gobierno de Milei esconde el sable corvo de San Martín y Rosas para que nadie recuerde aquellas gestas que nos permitieron soberanía e independencia. En un nuevo aniversario del fallecimiento de El Restaurador, una breve licencia histórica para pensar: ¿Qué hubiese pasado si el ataque franco-inglés lo encabezaba la Confederación Argentina contra Europa?

por Luis María Di Camerana *
14 mar 2026

Este 14 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Juan Manuel de Rosas, protagonista de la resistencia argentina y la defensa de la soberanía sobre nuestros ríos frente al bloqueo franco-inglés. A 149 años de su fallecimiento, recordarlo también es disputar el sentido de una historia que durante demasiado tiempo intentó olvidar a quienes enfrentaron a las potencias de su tiempo.


Imaginemos las cosas un poco diferentes.


Corre el año 1845. El monarca argentino Juan Manuel de Rosas reúne una flota naval en las orillas del Río de la Plata. La más importante y numerosa del mundo. Convoca, además, 5 mil soldados bien equipados con 1500 cañones y armas largas, que se dirigen, al mando del General Lucio Norberto Mansilla (cuñado de Rosas), al norte de Europa. Detrás de los buques de guerra argentinos, El Restaurador encolumna trescientos buques mercantes que pretenden adentrarse profundamente en el Támesis, el Severn y el Sena. El objetivo de fondo: lograr que los productos argentinos sean comercializados en los míticos ríos europeos.

 

Ante el fracaso de los intentos diplomáticos del gobierno monárquico de la Confederación Argentina, al exigir la libre navegación de los ríos franceses e ingleses, Rosas ha decidido propiciar, primero, un bloqueo naval de todo el Canal de la Mancha para evitar que los franceses e ingleses reciban productos por vía marítima. Algo que, sin dudas, afectará más al gobierno de su majestad británica. Si continúa la tozudez e insolencia de estos países, Rosas planea una invasión a gran escala que los sajones y los galos sólo han sufrido en manos de los vikingos durante los siglos VIII y IX.


El objetivo de fondo: lograr que los productos argentinos sean comercializados en los míticos ríos europeos.

El mundo entero observa como Argentina reclama, como si fueran propios, los ríos ingleses y franceses para poder vender libremente sus carnes y productos manufacturados. “Mercado libre”, como se dicen los plutócratas en la actualidad, pero con balas y cañones de reaseguro de la aclamada libertad. Como si fuera poco, El Restaurador de las Leyes y el Órden le exige a los gobiernos despóticos y tiránicos europeos que levanten todas las restricciones aduaneras impuestas por los súbditos de Luís Felipe de Orléans y la reina Victoria. Resulta menester aclarar que se trata de un pedido puntual de banqueros ríoplatenses y santafesinos que anhelan colocar productos argentinos sin la necesidad de pagar tasas o impuestos.

 

Los funcionarios ingleses y franceses observan, con estupor, la actitud soberbia de la potencia suramericana y preparan sus defensas. Saben lo que es recibir una agresión en condiciones de inferioridad. Todos tienen en el recuerdo -no muy lejano- el intento de las invasiones argentinas de 1806 y 1807 en las costas de Londrés y Liverpool repelidas por la extraordinaria defensa del aguerrido pueblo inglés.


Mansilla y Rosas piensan hacerse de insumos y suministros cuando sus soldados se estacionen en las Islas de Guernsey y Jersey (ocupadas por la fuerza por la Confederación Argentina desde 1833) rebautizadas como Isla Encarnación e Isla Dorrego. Desde allí piensan confrontar con la incipiente y desarticulada real armada naval de “su majestad” y adentrarse en los ríos principales ingleses y franceses. 

 

Lord Aberdeen hace un último desesperado intento diplomático ante El Restaurador que tiene poco éxito. La prensa internacional, a pesar de la asimetría de poder económico y militar, toma partido por el monarca Rosas ya que representa los intereses del “libre mercado” y piensa terminar los gobiernos despóticos del continente europeo. Atrás y lejos en el tiempo quedó la Batalla de Waterloo que enfrentó a las tropas inglesas y francesas que ahora se unen para confrontar a la primera potencia mundial que, con soberbia imperial, les advierte que los aplastará.

 

Ya es noviembre de 1845 y, ante la negativa de ceder, Rosas culmina el bloqueo y envía a sus buques por el Río Támesis y el Río Sena. Antes de llegar a Londres y a París, la imponente flota naval argentina recibe embates de los pueblos galos e ingleses que desde pequeños pueblos en las orillas de los ríos los intentan emboscar. Al llegar a las capitales las naves del General Mansilla se ven impedidas de avanzar. Los franceses e ingleses han puesto cadenas gruesas que atraviesan el Sena y el Támesis para impedir el avance argentino y desde allí los bombardean con los pocos cañones con los que cuentan.

 

Los soldados argentinos, al grito de “Viva la Confederación Arjentina y Viva el Libre Mercado” devuelven los cañonazos y masacran a la población autóctona. La superioridad militar es total. La victoria seguramente se encuentre del lado de la Confederación.


—-------

 

Estas líneas escritas distan mucho de relatar la historia de lo ocurrido. Es un ejercicio que a veces resulta útil para dimensionar las gestas patrióticas y las humillaciones a las que muchas veces nos sometieron (y aún hoy someten) las mal-llamadas potencias mundiales.

 

Hay que pensar la historia de otra manera sin los vicios del relato oficial que no oculta sus vestigios coloniales. Como decía Cristina en 2010: “¿Porqué en la escuela siempre nos han enseñado con muchísimo detalle cada una de las batallas y campañas para liberarnos del yugo español y, sin embargo, se ocultaron deliberadamente durante dos siglos todas las luchas contra otros colonialismos que aún subsisten? 


Buena pregunta, agregamos otras: ¿Qué hubiera ocurrido si Rosas hubiera pedido navegar libremente el Támesis y el Sena? ¿Si el bloqueo naval en vez de haberse hecho en el Río de la Plata hubiera sido en el canal de la Mancha? ¿Qué hubiera ocurrido si Argentina hubiera invadido las islas Jersey y Guernsey y hubiese proclamado sobre ellas el dominio y gobierno? ¿Y si lo sostuviera hasta nuestros días? 


Menudo escándalo sería. Pero no lo es cuando sucede a la inversa con nuestras Malvinas.

¿Y si las invasiones de 1806 y 1807 en vez de haberlas recibido las hubiéramos propiciado en el país sajón?

 

¿Por qué Juan Manuel de Rosas fue descrito como un “tirano” en la historiografía oficial por gobernar de manera férrea la Confederación Argentina y en cambio la reina Victoria es presentada como una estadista que llevó a la gloria a Gran Bretaña sentada durante 63 años en su trono? ¿O Napoleón III como una época de gran prosperidad para los franceses cuando realizó un golpe de Estado, se autoproclamó Emperador de Francia y gobernó durante 22 años censurando a la prensa y persiguiendo a la oposición política?


Estas narraciones contrafácticas sirven para reflexionar sobre nuestro pasado y presente en el que los países con más dinero y armas se comportan cada vez más como las potencias europeas de los siglos XVIII y XIX.

 

El sable corvo de José de San Martín y de Rosas es un emblema de esa resistencia heroica contra las potencias que nos quisieron sojuzgar. Es un símbolo del pueblo argentino contra el orden mundial que pretende tener dominados y dominadores. Por eso, el presidente Javier Milei lo vuelve a esconder. Lo retira para que nadie recuerde aquellas gestas que nos permitieron soberanía e independencia. Acaso para que no se nos ocurra pensar en que es posible plantarse ante los imperios.

 

En la retorcida y sumisa cabeza de Milei, ningún argentino o argentina debe poder acceder, conocer, recordar o incluso vislumbrar los elementos que nos pueden hacer creer que sí es posible luchar y vencer a los que siempre nos quisieron someter.