"No me quiero ir sin tocar los huesos de Alejandro" dijo miles de veces y tal vez sea ese uno de los pocos objetivos que no pudo cumplir. No por falta de voluntad ni de convicción, que ella tuvo de sobra, sino porque el silencio que aún retumba por parte de los genocidas se lo impidió.
En todo ese recorrido, Taty nunca dejó de ser alguien que supo y enseñó a celebrar la vida. Por eso, a lo largo de los días en los que familiares, amigos, compañeros y el pueblo que la abrazó, se acercaron a despedir la referencia a su sonrisa permanente, a la anécdota graciosa y al sonido de su carcajada fue un comentario obligado. Militancia y joda, dijo hasta el hartazgo.